jueves, 16 de junio de 2022





       Agatha Christie no recuerda el tramo en la oscuridad.


Que haya desaparecido por once días no quiere decir que haya olvidado todo, el abandono de mi marido no significó mi fin sino mi gloria, un hombre no lo puede ser todo, no lo es todo para una mujer, nadie debe ser todo para alguien, en vez de seguir llorando decidí ser famosa y pervivir por encima de mi muerte, podría decir que lo logré, el abandono por una mujer diez años más joven no significó mi ruina, Nancy Neele no iba a ser la artífice de mi destrucción, yo decidí que fuera la piedra angular de mi amor propio, no me importaba ganar el Nobel de Literatura o ser el caldo propicio para las manos infecundas de críticos literarios; mis propósitos eran ganar dinero y ser famosa.

No puedo decir con precisión en qué consiste la fama o cómo se llega a ella, mi madre Clara era vidente y en las líneas de mis manos pudo avizorar mi glorioso destino, no está mal, figuro como la tercera escritora más leída después de la Biblia y William Shakespeare, no está mal para una mujer que logró superar la traición del hombre al cual amaba, sus facciones perfectas y su atractivo cuerpo no serían mi perdición, siempre hay que amar a quien desea ser amado, a quien corresponde a nuestro amor, me aburrió de antemano el drama continuo que podría ocasionar esa ruptura, y por ello decidí seguir.

No recuerdo con exactitud si el golpe en el choque del auto me ocasionó la amnesia o la fuga histérica de los recuerdos de mis últimos días. Solo sé que quería olvidar lo más pronto posible y recuperarme, Archibald no obró la gracia de desgarrarme por completo, lo amaba, y ese día mi amor se acabó por él, estaba por encima de él y sus infidelidades, diré que me siento triunfante, que él aún se revuelca en su tumba por mi éxito, más nunca le volví a hablar, no quise ni me importó saber más nada de él, de los muertos que no son de nuestro agrado ni se habla ni se les recuerda.

Hoy es 3 de diciembre de 1926, cerca de las diez de la noche, salí hecha trizas de la casa en mi Morris Crowley después de una fuerte discusión con mi esposo, sé que me va a dejar por Nancy, veo todo confuso, mi corazón destila veneno y dolor; termino perdida por varios días en el Swan Hydropathic Hotel en Harrogate; solo quería ordenar mis ideas; otros me acusan de querer inculpar de asesinato a mi marido o de convertir esto en un truco publicitario para la promoción de mis novelas o de un intento de suicidio. Solo yo sé lo que pasó, era un profundo desconsuelo que me dividía en pequeñas partes que no podía juntar, era el pesar de un corazón deshecho por el abandono del esposo amado, no medí las consecuencias, quería estar sola y olvidar.

                        Caminé por la neblina siguiendo mi sombra

                        buscando los recuerdos queridos,

                        no encontré nada,

                        las lágrimas se congelaban en mi rostro

                        la sangre caía en chispas sin herirme.

                        Recordé mis días como enfermera voluntaria

                        en la Primera Guerra Mundial

                        mientras lo esperaba,

                        esquirlas de metal hacen supurar mi cabeza.

                        Rueda la noche de este helado diciembre

                        y no estás tú.

Esa temporada no la pasé tan sola, conversaba con Hércules Poirot sobre los asesinatos donde se veía involucrado por mis personajes y de sus fatigantes pesquisas detrás de los culpables. La curiosa Miss Marple me contó sobre la gran búsqueda de mi persona y del guante que llevó mi amigo Sir Arthur Conan Doyle a una médium para visualizar mi paradero, del rastreo arduo hecho por Scotland Yard, de las 100 libras ofrecidas por mi ubicación por un periódico famoso y  de mi desaparición anunciada a viva voz por el New York Times.

Allí recordé una tarde en la playa en la isla de Burgh hablando con mi madre y mi hermana Margaret; les contaba que la muerte, la intriga y el suspenso, eran muy atractivos para los lectores, que deseaba escribir novelas policiales a lo cual Madge me retó a que no podría hacerlo sin que el asesino se pusiera en rápida evidencia, del desafío resultó: El misterioso caso de Styles, era el año 1920.

Además, mientras realizaba unas anotaciones en unas hojas que me suministró el hotel, encima del margen superior aparecía una letra palmer en español que no era la mía, no sabía este idioma pero lo entendí de repente, en el pequeño espacio en blanco una chica llamada Meybel Moreno me escribió que había logrado interceptar las líneas del tiempo forjando sus pensamientos en materia soluble, por lo cual lo hacía fluir en ondas mentales transcritas en letras; me habló de lo dichosa que sería en mis segundas nupcias con un hombre llamado Max, de la gran fama de la cual gozaría, de mis tataranietos y otras tantas cosas más que me sorprenden. Su párrafo iba desapareciendo a medida que lo leía, de esa manera le respondí en el mismo lugar que me era grato conocer a alguien de una época futura preocupada por mi localización, le copié con determinación que preferí la transcendencia a seguir perturbada por una decepción amorosa y como la fuerza de mi voluntad fue más fuerte que el desamor.

Meybel apuntó con esmerada ortografía que preparaba su boda mientras Kiev era bombardeada por Rusia, que estaban saliendo de una pandemia parecida a la Gripe Española en 1918. Ella también prefirió escribir y olvidar, había emigrado a un país de Europa del Este desde Suramérica, que su escritura no era comercial y sus objetivos eran imprecisos, pero sirvió de paliativo a sus dolencias mentales ya que logró suprimir terapias y pastillas que la condujeron a un laberinto sin formas.

Lo último que le respondí fue que las acciones de los hombres quedan suspendidas en un punto frágil donde se rompen, lo que es no será, lo que fue no lo volverá a ser. No concebí el suicidio como opción debido a mis creencias cristianas y porque comprendí que iba a morir como todos, quería saber lo que pasaría conmigo si vivía hasta el final, apenas tengo 36 años y ese amor puede ahora significar mi mundo para mí, pero sé que después solo será recuerdo.

                        La luz flota en las cortinas del gran hotel

                        la banda toca una canción melodiosa

                        me sumerjo en el vaso de mi brandy escocés

                        y las voces de mis personajes me inquietan,

                        las esposas de los músicos me miran de forma lacerante

                        hurgando mis culpas

                        y la mirada que he perdido,

                        las mujeres pueden intuir las decepciones que ocasiona el amor.

                        En la piscina leo el periódico

                        y les digo que vengo de Ciudad del Cabo

                        huyendo a la aflicción por un duelo familiar.

            De modo que, tras la enfermedad,

llegaron la pena, la desesperación y un corazón roto.

                        Los días se confunden con las noches

                        se cuelan con los ojos y las palabras de otros,

                        todo sopla deteniéndose en un sitio tangencial

                        donde tus besos marcaron mi espalda

                        y yo te miraba de reojo en el espejo,

                        te amé, mi dulce Archie,

                        pero ya todo es cuestión de las gotas del tiempo,

del pantano y el olvido.

Reposo en tus labios como muestra de desacato y ofensa,

nadie sabrá amarte como yo,

pero no es fácil retener a quien ha decidido huir

esa tarea me podría llevar a la locura

y a perder el sentido de mi existencia,

equilibré tu ausencia

en centenares de hojas que nos inmortalizaron.

Quedaste en esa noche blanca, espesa y húmeda,

quedaste en un pasado inamovible y agotador.

Presté tu apellido,

pero más nunca oirás mi voz.

Tamizo mis dudas en Harley Street

y sé que soy lo único que tengo,

que al final estoy sola con mis libros.

Era Agatha,

quien más amó a Rosalind y Clara.


Carmen Rosa Orozco.

De: Los 20 retratos de Sofía en la pared.

Fotografía de Anka Zhuravleva.

 


La Reina Roja de Angasara.


Angasara era un territorio diezmado por la tristeza y desolación, gran parte de sus moradores se habían ido, confundían el descenso de los rayos del sol con la incertidumbre, allí vivía la Reina Roja que era obesa, opulenta, estaba llena de perversidad y rencor, tenía la capacidad de manipular a otros y hacerles cumplir su voluntad en hostigar a quienes no le complacían, una de ellas era Alicia, una minúscula chica de apariencia frágil, con huesos de goma y piel color violeta potente, trabajaba en una mina del reinado que parecía no tener fin, se oponía a extraer el oro con mercurio, escarbaba en la tierra con sus dedos confundiéndose la sangre con las vetas doradas y el marrón.

Alicia había sido abandonada por su padre y era despreciada por su madre, no tuvo suerte en el amor conyugal, sus hermanos huyeron a otros reinos porque no soportaban el rigor de la escasez, en Angasara los despropósitos y la crueldad eran las medidas de pago;  sus relaciones se habían limitado a diálogos con un ser invisible que habitaba en su adentro, la voz respondía a sus lamentos, acusaciones y deseos más profundos; la noche de su mayor agonía un rayo azul de intensidad  prolongada iluminó su cama, se podría decir que desde allí Alicia se hizo muy fuerte, nada le afligía o perturbaba como antes.

                        Hablaba con los pájaros,

                        escribía en papiros desgastados por los siglos,

                        conservé la mesura

                        y el orden perfecto de las cosas,

                        tocaba el piano en la profundidad del silencio

                        y miraba tus ojos para descansar.

                        Casi todos se habían ido o muerto,

                        las voces de los niños

                        y las pisadas de los fantasmas anclados a tu casa

                        me recordaron el movimiento soluble del tiempo,

                        la permanencia de las rosas rojas en el florero

                        no determinaron la contrariedad ni el desarraigo

                        sino el hondo amor que colmaba mi pecho.

                        Angasara lucía devastada e infernal,

                        pero la observé con ternura y floreció

                        no se marchitó y tuve paz.

La Reina Roja gozaba de una proverbial envidia con la cual lograba disecar los grandes árboles de las aldeas y parques, su tacto emanaba una energía gris y pesada, los tocaba y morían, sus troncos eran vaciados hacia el subsuelo dejándolos huecos y a punto de caer. Angasara estaba siendo deforestada por la maldad de la Reina, disfrutaba de la ruina que dejaba a su paso, sin sentir remordimiento o pena, los habitantes caminaban para poder huir y tratar de empezar sus vidas en otras latitudes con lo poco que llevaban y no les robaban los guardias reales.

Alicia vivía dentro de una esfera blanca y luminosa que colgaba de una Secuoya de más de 500 metros de altura, las miradas se perdían al verlo, suponían los pobladores que había un pacto entre el infinito y el árbol gigante, sus ramas se expandían en una dimensión alterna y oblicua como intentado burlar el paso del tiempo. Alicia no envejecía y cuidaba a su hermana menor que era del tamaño de una perla, era reluciente, su masa corpórea se aglutinaba y descomponía en gotas. Tocaba el piano y la flauta dulce, dibujaba rostros con grafito, leía libros que iban desapareciendo en estantes extendidos hasta la luz  y el desdén de las horas.

Su tiempo no transcurría sino que se agotaba en contemplar sucesos inexistentes y flotar. Los relojes de arena se agitaban en espirales y no lograban  anunciar lo transcurrido. El oro que ganaba en las minas lo donaba a los más pobres y que aún estaban limitados a comer, Alicia se sustentaba de la fuerza del viento y del orden inverso de los elementos que se apostaban en el diámetro circular de su hogar.

Sus historias no tenían principio o fin, o una trama convencional, sus emociones eran las de una niña que no se correspondían con el territorio distópico donde le tocó vivir. Los minutos pasaban y la Reina Roja de Angasara seguía engordando, haciendo mofa de sus ciudadanos, sometiéndolos a torturas, bromas y desesperos. Era necesario tratar de sobrevivir en las calles largas e inhóspitas de Angasara o ser diestros en el arte de huir.

                        En Angasara huelo las gardenias,

                        acaricio la luz

                        y sueño en que nadie me hará daño,

                        flotaré como una especie vegetal

                        ingrávida y desconocida para los botánicos.

                        Escondida en la luz siendo luz,

                        dispersa en átomos que no se unen

                        para no convertirse en materia

                        sino en luz que huye y se dispersa

                        como florecitas sobre la hierba

                        como narices de niños que aspiran dulces fragancias.

                        Era inocente entre todas

                        y conservé el resplandor a pesar de los cruentos eventos.

                        La Reina Roja trata de atormentarme pero no puede,

                        he logrado ser yo y no distraerme.

En Angasara esperamos que el mar caiga a cuentagotas, que los leones no atrapen las liebres, que la luz deje de ser luz y se transforme en inalterable claridad; que la Reina Roja desaparezca para siempre por causales de la magia de Asir, por  presión de la justicia o por castigo a sus hechos. Todo parece estancado y que los acontecimientos no se reordenan para anunciar una época feliz, pero logro ver a Angasara en las líneas del tiempo y brillará.


Carmen Rosa Orozco.

De Bocetos para Alicia.

Fotografía de Anka Zhuravleva.

 

 


Alicia y el monumento de cereal.

 

El monumento de cereal crece en su longitud y diámetro,

se abomba de forma vertical hacia el cielo,

se lo comen las palomas y animales eventuales del suelo,

vuelve a crecer y se deforma en sus vértices,

busca un horizonte que no existe

y tiene una vida propia sin pretensiones

ni elementos discordantes.

Busca el placer y la desmemoria,

se enreda en el cabello de Alicia y sus amigos imaginarios,

cree en la voluntad inquebrantable de la delgada mujer

que pretende no nombrarse más en los días que restan por vivirse.

El monumento de cereal no contribuye con los impuestos,

no honra a nadie,

ni recuerda algún acontecimiento importante,

este monumento es un plasma que crece como lava

y a la par del pensamiento inequívoco de Alicia,

ella sucumbe ante su imagen que se proyecta en el espejo,

ella está de espaldas a él,

se desfigura en el desierto hecho de dendritas y pavimento.

Es fuerte el viento en estos días

pero el monumento de cereal no se derrumba,

sino que se aglutina por partes dentro de un todo estático

y carente de hermosura.

Refleja la crueldad y el amor a la vez.


Carmen Rosa Orozco.

De Bocetos para Alicia.

Fotografía de Anka Zhuravleva.

 

 

 

domingo, 17 de abril de 2022

 

        





                        Ella caminaba por la avenida oscura

cuando halos de luz la atravesaron

y quedó elevándose del pavimento,

la luz se fue solidificando en ladrillos

que momificaron a la extraña mujer,

se formaron escalinatas y torres paralelas entre sí.

Ya de mañana se hicieron colas de autos

y personas que querían transitar por allí,

la mujer había quedado hecha luz y mausoleo,

ocupó las siete cuadras que formaban la avenida;

se sabía que hablaba con Dios,

curaba enfermos con sus miradas,

detenía la lluvia,

invertía los giros del sol,

cambiaba las montañas de lugar,

y escondía las aves en las grietas de la luna.

Mencionó los nombres de los curiosos

sin abrir los labios,

flotaba hecha luz

entre dormida y despierta,

quedó seccionada esa parte de la ciudad

como un extremo caso de pérdida de las partes a un todo,

la mujer luz quedó endurecida allí,

algunos tocaron los ladrillos luminosos

sin volver a sentir hambre o sed,

otros no envejecieron más,

los más escépticos fueron curados de sus dolencias.

Ella escribía en un idioma no conocido,

prestaba sus manos a seres ubicuos,

profecías le fueron reveladas

en códigos plantados en raíces de árboles

con bordes azules y violetas,

su cabello iba enrollando el cuerpo

cobrando un color dorado y transparente,

los ojos palpitaban como cristal a punto de romper;

vino de Sulem la mujer extraña

que aprendió a hablar con Dios

en la época de los Profetas,

cómo adquirió tantos dones varios

si nunca salió de su casa,

las lianas tramaron caminos

que estrangularon la casa dejándola sin sol,

ella por postigos de madera

pudo descifrar los inventos de los hombres,

los ángeles caminaban en vértice a su casa

y la portentosa puerta de Ofrandes,

quiso ella que la abrieran

pero un gesto meticuloso de Dios no lo permitió,

oír raras voces la volvieron serena,

quiso ella entender los dictámenes

pero no lo logró.

Durmió en ese limbo de luz y tiempo

en el mausoleo de vidrio

que ocupó la avenida de la pequeña ciudad,

pasaron los siglos y la mujer siguió suspendida,

fue sitio de peregrinaciones, estudios y acechanzas,

pero la cápsula nunca se abrió.

Las gracias concedidas eran un misterio

no obraban por la fe,

eran dadas por un sistema aleatorio

de identidades alucinantes

que sabían ver la bondad del corazón.

En los días posteriores

a la petrificación infinita del mausoleo

las manos de la mujer hablaban como altavoces

que no supieron identificar el rigor de las especies.

Intuyó secretos con paciencia.

Le fue concedido el talento más apreciado por sus rivales,

ella no objetó los elementos conformantes de la disputa,

alertó a los hablantes de otras galaxias

escondidos en la constelación planetaria de su espalda.

Tanta dureza no ocultó su sabiduría.

Ella no comprendió el camino

que la condujo a Orsafinón,

los vórtices rompieron las esquinas

y se oían coros de voces angelicales;

el peso de su civilización lo determinaron las nimiedades:

una cartera tuvo más relevancia que un mendigo,

una tos espantaba más que una atrocidad.

La mujer luz se mantuvo interminable

en sus diálogos con Dios.

Amorosa, pacífica y solitaria,

de apariencia andrógina y hermosa,

fue como la adjetivaron los mirantes del mausoleo,

ellos arrastraban sus manos por los ladrillos de vidrio

esperando piedad o curación,

realizando pliegos de peticiones u oraciones;

después venía Dios

con la Sulamita de honda mirada

y hacían llover los halos de luz del mausoleo

que abrían al entendimiento,

sentían apaciguada la ira, luego.

El clamor despertó su misericordia.

Amanda desde su patio observa la cápsula de la Sulamita

traída a escondidas por Dios

en una noche de desvelo.


            Carmen Rosa Orozco.

            Del poemario: El país de Amanda.

            Fotografía de Laura Makabresku.

lunes, 11 de abril de 2022






      Edgar Allan Poe es mi vecino.

Resulta que años después de mi muerte en Baltimore he regresado a vivir junto a mi vecina Sarah Morante, soy alcohólico de nuevo y me llamo Víctor Fuentes, me arrastro por las paredes, a veces mancho de diarrea el piso próximo a mi apartamento; ella me repulsa así como mi padrastro, tal como ella he suprimido mi apellido paterno, piensa en atacarme con un palo pero no lo realiza, John también lo quiso hacer en su lecho de muerte para que no me le acercara, pero ya sólo deliro por Virginia, mis hermanos me encontraron en la plaza Del Lago llorando por ella, por esos hijos que no pudimos tener.

                        Te miro desencajada en la mirada del cuervo

                        que se posa sobre mi taza de té.

                        Tu cara es lo único que recuerdo

                        en los momentos que no tengo alimento,

                        unos sorbos de brandy

sirven para perderme en las fauces interiores

de mi revesada mente,

                        no pude acceder a la fortuna

                        de mi amada madre Frances,

                        recuerdo los paquetes con comida y ropa que me enviaba,

                        duermo encima de su tumba

                        y no encuentro descanso sobre mi sombra

                        ni en los escritos que voy arrojando a la intemperie,

                        las editoriales no han querido publicar

                        los cuentos digitales que piso bajo la lluvia,

                        pero los 50 dólares que gané

por un Manuscrito encontrado en una botella

                        trajeron un poco de calma a mis agotados días.

                        La luz se achica

                        y recojo el corazón carbonizado de Shelley de la gaveta,

                        los mechones de pelo de sus hijos muertos,

                        el corazón destrozado del falso Prometeo que ahogó mis dudas.

                        Podría invertir la historia o todas las historias

                        que he leído o escuchado

                        para no enloquecer,

                        la bruma siempre es densa en el paraíso,

                        me he encerrado a escribir como un demonio en la buhardilla

                        ignorando la inclemencia del frío.

                        Reynolds me ha engañado:

                        afeitó mi bigote y me puso una camisa holgada,

                        fui una de las piezas de su ardid electoral,

                        por eso ahora babeo dentro de la zanja;

                        hoy es 3 de octubre de 1849

                        y James me aclara que he estado una semana desaparecido,

                        pero no logro recordar nada.

                        Elizabeth, la querida Elizabeth,

                        siempre me dijo que volviera a Boston,

                        pero su prematura muerte no sincronizó

                        con mi lánguida premonición

                        del hijo ausente y muerto.

Mi hermano ha fallecido en Angaraveca, se estrelló contra un árbol y terminó dormido en la cuneta, dos ladrones le perseguían para robar su moto, de igual forma se la llevaron dejándolo a él sin vida. Recibo una pensión del ejército, mis compañeros de West Point han editado mi libro Poems, lo cual costó 170 dólares. Abandoné a la única mujer que me amó, se llamaba Irma Plottier y venía de lo profundo del páramo El Zumbador, sus mejillas eran rojas de aspecto natural, imitaban a las de un arlequín, su cabello color miel llegaba hasta la cintura, me traía alimentos preparados y pan, tenía que quedarse en mi apartamento porque salía un solo bus al día hacia el sitio donde ella vivía, gritaba mi nombre y no le contestaba, pero mi odiosa vecina Sarah que era creadora de contenido para una empresa de cosméticos siempre le abría la reja del pasillo para que pasara.

Veía con desprecio el desorden en mi sala, los zapatos regados por el piso, las medias encima del comedor, los ratones comiendo de los platos dejados semanas atrás en la mesa de centro. Me odiaba, sentía que podía oler con un telescopio y un pitillo a la vez el mal olor proveniente de mis pies y axilas. Siempre Sarah, tan amargada y hermosa, sabía ocultar su perversa y agotadora depresión detrás de su silencio y bello rostro. Recobró su ánimo para atormentarme en ese lapso en el cual tomaba con vehemencia ron a pico de botella, poco le importaba que fuera un escritor famoso y maestro del horror.

                        Vomito sobre el láudano que quiere apresurar mi muerte,

                        conozco a profundidad el tema de la muerte,

                        sobre querer morir y no concluir nada más,

                        espesando La caída de la casa Usher sobre mis pestañas;

                        detener todo en el leitmotiv del hartazgo, la pérdida de fe y la derrota,

                        no poder más,

                        tengo cuarenta años y no puedo más,

                        por ello,

tía María quiero que mueras conmigo

                        en esta cabaña pobre en Nueva York;

                        mi capa negra es lo único que cobija a Virginia

                        además de mis lágrimas atravesadas por la infamia y el hambre.

                        Víctor ha leído el memorial ofensivo de Griswold,

                        lo ha leído en un inglés balbuceante pero entendible,

                        Irma Plottier lo ha abandonado

debido a su impotencia y manos temblorosas,

                        su aliento etílico le repugna;

                        la caída en desgracia, la inmundicia y la soledad

                        son su asidero.

                        Víctor es alcohólico y no logra morir,

                        bebe con desespero y sin pudor para morir

                        mientras traduce al sánscrito mi poema Annabel Lee.

                        Sarah oculta sus ganas de morir tras el labial color rojo,

                        recuerda con ternura las bolsas que le enviaba su madre

                        cuando estaba en el psiquiátrico ubicado en las afueras de su ciudad.

                        Edgar, Víctor y Sarah,

                        tienen en común ciertas cosas:

                        prescinden del apellido de su padre,

                        desean morir de manera anticipada a los eventos,

                        reciben paquetes de mujeres cercanas

y escriben en la oscuridad.

                        Eso es todo y nada más.


                                                    Carmen Rosa Orozco.

                                                    De Los 20 retratos de Sofía en la pared.

                                                    Fotografía de Laura Makabresku.

                                                                                           La bruja de Siles. Mi nombre es Odessa Fuentes,...